jueves, 22 de noviembre de 2012

Los frutos del espino



A pesar de que este Amor bajo el espino blanco (Shan zha shu zhi lian, 2010) –la penúltima obra del cineasta chino Zhang Yimou–, sea en realidad la adaptación cinematográfica de una historia real a su vez novelada previamente por la escritora Ai Mi; es decir, a pesar de que sea un relato compuesto por varias rescrituras sucesivas hasta caer en su estatuto final de obra filmada, la película de Yimou solo confirma su dirección narrativa en el bello epílogo que nos informa de que el espino blanco, y con él la memoria de los jóvenes amantes que protagonizan el relato, yace sepultada bajo la presa de las Tres Gargantas, la ciclópea construcción que encarna la identidad actual del estado chino.

Sin salirse, por tanto, de los cánones que han cimentado el estilo naturalista de Zhang Yimou -el de Sorgo rojo (Hong gao liang, 1988) o El camino a casa (Wo de fu qin mu qin, 1999)-, su nueva película se aproxima a las preocupaciones tratadas en el cine de la Sexta Generación -la de Jia Zhangke o Wang Xiaoshuai-, en torno a la memoria, el presente y la desorientación de la nueva sociedad capitalista. En todos ellos, la construcción de la presa sirve de motivo temático que induce a preguntarse por la pervivencia de ese pasado sumergido en las entrañas del pueblo chino. Con las palabras “Jing regresa cada año en memoria de Sun. Ella cree que el espino blanco florece aún bajo el agua”, la película está lanzando al aire una interpelación al público sobre la que se ha sostenido su historia amorosa. ¿Es capaz este pasado de sobrevivir a la velocidad fulgurante del presente impuesto por el sistema capitalista? ¿Existe un espacio en la actualidad reservado para esta clase de relatos emocionales? O también, quizás, ¿está a tiempo Zhang Yimou de recuperar la pureza de estilo exhibida en sus primeras películas?

La respuesta sería probablemente negativa, en concreto a la tercera interrogación, que es la única que podemos contestar desde aquí. No resulta suficiente para ello el retrato femenino de la obstinada Jing, ni la delicadeza con que se nos narra la historia de los amantes, ni tampoco los apuntes sociológicos que amplían el contexto a los primeros años de la Revolución Cultural. Amor bajo el espino blanco, como su propio título indica, es un relato idealizado que, dentro de las nuevas coordenadas realistas, evoca una historia de amor estética, pulcra, emotiva pero apenas conmovedora si la comparamos con su referente más claro, la magistral El camino a casa en la que la historia de amor y el curso de la naturaleza se entretejían con absoluta naturalidad para coadyuvar a su final feliz por encima de los condicionantes sociales.

El adversario de los jóvenes Jing y Sun es, por el contrario, el curso del tiempo que, aparentando favorecer a los amantes, trama entre las sombras el final trágico que ya nos había pronosticado el tono elegíaco de su narración. A raíz de esa diferencia radical en su argumento, el cineasta prioriza la inocencia nostálgica del relato para convertir en rito cada escalón del proceso romántico. Los personajes secundarios, incluida la madre de la chica, están situados en función de su influencia en el destino de los jóvenes. La técnica de los intertítulos, por ejemplo, sirve para suavizar las bruscas elipsis que concentran el tiempo en lo esencial según lo decide ese mismo recuerdo evocado. No hay, por tanto, una temporalidad liberada de sus consecuencias salvo los instantes que ambos comparten juntos, como la escena del baño a mediodía o el paseo en la bicicleta de Sun.

El nuevo film de Zhang Yimou dispone una estructura aparentemente cronológica donde el tiempo parece fluir con naturalidad hacia un futuro esperanzado. Pero a su vez está narrada desde el punto de vista contrario, desde la conciencia de su final hacia la remembranza de sus inicios, en lento descenso por la memoria herida de la chica y con ella de toda la comunidad. De forma paralela, esa mirada en retroceso es también la del propio cineasta chino, que intenta recuperar la pureza de sus orígenes mediante la sutil introducción de ese color rojo tan característico de su obra: el de los frutos del espino que resurgen en el abrigo rojo con el que la chica corre al encuentro de Jung contra todas las circunstancias. El color rojo de los frutos que quizá sobrevivan sumergidos bajo el agua de las Tres Gargantas como testigos elocuentes de una Historia que arrastra sin piedad personas, palabras, secretos y castas historias de amor.

Shan zha shu zhi lian. Director: Zhang Yimou. Guionista: Yin Li Chuan y Gu Xiaobai, basado en la novela de Ai Mi. Intérpretes: Zhou Dongyu, Shawn Dou, Rina Sa, Chen Taisheng, Xi Meijuan. 114 minutos. China, 2010. 




domingo, 18 de noviembre de 2012

Jóvenes culpables





A la hora de comentar una película como Tengo ganas de ti (Fernando González Molina, 2012), cuando surge la ineludible idea de que solo se trata de un divertimento elaborado para adolescentes, deberíamos recordar el magnífico artículo escrito por Jesús Palacios para su antología Euro Noir. Seria negra con sabor europeo y titulado “Ni rebeldes ni causa: delincuencia juvenil en el cine español de los 90”. En esas páginas se desgranaba con lucidez el (mal)trato estremecedor dado a los jóvenes en nuestro cine, descritos siempre como culpables de un delito primigenio y a la vez acosador. Películas como Historias del Kronen (Montxo Armendáriz, 1995) o las Mentiras y gordas de nuestra admirada ministra Sinde (Albacete, Menkes, 2009) mostraban una juventud inconsciente sin respeto alguno por la moral. Una juventud que debe pagar sea cual sea su delito, mediante una llamada a comisaría o mediante la muerte propiciada por sus propios excesos.

Cuanto más ligera sea la apariencia externa de un producto, más alerta deberíamos estar sobre su contenido. Esta saga que comenzó con 3 metros sobre el cielo (Fernando González Molina, 2010) y que, afortunadamente, solo consta de dos novelas, finge presentarnos a un personaje rebelde, heroico, de supuesto atractivo irresistible. Se hace llamar H y compite a diario en carreras de motos ilegales, entrena en un gimnasio de boxeo y en realidad poco más, ya que prima en sus historias el cuento romántico destinado a una generación crecida entre Justin Bieber y los vampiros de Crepúsculo (Twilight, 2008). Resulta que el origen de nuestro héroe se halla en el descubrimiento de la infidelidad de su madre, un hecho que iba a derrumbar el sistema de valores burgueses que le habían enseñado pues, desde entonces, se opone al mundo de los adultos como un renacido y musculado James Dean.

Hasta ahí todo podría ir bien. O al menos no tan mal. Sin embargo, los problemas vienen ahora: ese héroe es Mario Casas. Y tampoco esto importa demasiado, podríamos haberlo superado, podría ser admisible si no fuera por la cantidad de penalidades y tragedias que le ocurren al chico a lo largo de esta película y de las dos si conseguimos sumarlas. Recaen sobre él tremendas culpas, generadas por sus actos, que encubren un grado atroz de conservadurismo aún dudo si profundo o superficial y cuál de los dos es más pernicioso. En la cumbre emocional de Tengo ganas de ti llegan a confluir en paralelo una carrera de motos “a muerte”, la ruptura definitiva de una relación sentimental, un suicidio alentado por el fantasma de un amigo muerto (¡!), un intento de violación a cargo de un par de productores televisivos (¡!) y el velatorio de una madre moribunda a causa del cáncer (¡!).

Se le agotan a Tengo ganas de ti los recursos del culebrón tradicional. Si no supiéramos que el guion corre a cargo de Ramón Salazar –director, por ejemplo, del musical sobre transexuales 20 centímetros (2005)– podríamos alcanzar a creérnosla en su amplia dimensión desesperada. Bajo la tópica lluvia redentora, que siempre proporciona ambiente a esta clase de secuencias, los personajes deben lavar sus misteriosas culpas a través del dolor, del sufrimiento, del martirio personal. ¿Pero de qué son culpables? El resto de la película apenas nos cuenta una historia de amor previsible entre adolescentes guapos, ricos, que viven en amplios apartamentos en el centro de Barcelona, que tienen aficiones artísticas, encuentran trabajo sin dificultad y pasan largas estancias en Londres.


Si son culpables de algo es de vivir bajo un régimen moral añejo dispuesto a advertir a nuestros jóvenes de los peligros de la independencia, la rebeldía, la transposición del camino marcado. A pesar de que en la película los adultos estén vacíos, sean adúlteros o incompetentes, o precisamente por ello, apropiándose de sus errores para su calvario particular. Es curioso que en ninguna de las dos películas surjan conflictos externos a los protagonistas: son sus sentimientos los que provocan la desgracia. Sus deseos de participar en un programa de televisión –¿pero de qué época estamos hablando?–, sus dudas emocionales, sus amores, sus inquietudes y preocupaciones.

Basta para apreciar la película el tratamiento dado a un tema tan controvertido como el aborto. La subtrama que vive el personaje de Nerea Camacho –protagonista de Camino (2008) para más morbo añadido–, separada de la película como subtrama de relleno, podría haber sido perfectamente un noticiario de los años cincuenta sobre educación sexual. El pasado que persigue a los personajes es el mismo que sigue implantado en la filosofía que destila Tengo ganas de ti. El cine español debería poder competir en taquilla con la industria norteamericana, pero si este es el precio a pagar por ello, quizás deberíamos reconsiderarlo. 

Tengo ganas de ti. Director: Fernando González Molina. Guionista: Ramón Salazar, basado en la novela de Federico Moccia. Intérpretes: Mario Casas, Clara Lago, María Valverde, Nerea Camacho, Marina Salas, Álvaro Cervantes. 124 minutos. España, 2012. 
 

miércoles, 14 de noviembre de 2012

En ausencia del narrador


Existen determinadas operaciones que nunca deberían realizarse sin la supervisión de un profesional. Hablo de operaciones peligrosas que tienen alta probabilidad de catástrofe cuando se desconocen las técnicas adecuadas de manipulación, como le ha ocurrido al director noruego Pal Sletaune, guionista y director del thriller psicológico Babycall (2011), también conocido como The monitor, y protagonizado por la actriz Noomi Rapace (Prometheus). Un relato de madre traumatizada –casi un subgénero dentro del suspense– que se sostiene sobre la sospecha del desequilibrio de la protagonista y, por lo tanto, siempre bajo este punto de vista, de un relato predispuesto a la desconfianza sobre los hechos narrados.

Ahora bien, especular con algo tan delicado como el punto de vista de un relato exige una responsabilidad de la que Pal Sletaune, definitivamente, carece por completo. Eso pueden hacerlo Scorsese, Cronenberg, David Fincher o incluso M. Night Shyamalan, directores superdotados para los entresijos narrativos que requiere manejar una operación semejante. Con su autoridad es posible firmar una película desde la mirada de un esquizofrénico que vive una representación (Shutter island), que mezcla el pasado y el presente (Spider) o que desconoce su enfermedad (El club de la lucha). Se acepta incluso desde el punto de vista de un fantasma que ignora que lo es (El sexto sentido, Los otros). Todas son operaciones lícitas siempre y cuando se mantenga la coherencia del relato central. Es una cuestión de respeto, un código de buenas costumbres establecido entre el emisor y el receptor de una película.

Babycall, por el contrario, pretende hacernos partícipes del comportamiento errático de Anna, una joven madre que apenas distingue la realidad de las ilusiones fabricadas en el laberinto de su psicología, la cual se recrea hábilmente desde la geometría de los edificios, la angustiosa estrechez de su apartamento y la narración a base de breves y repetitivas secuencias incompletas. Aunque no se trata de cuestionar las capas difusas de la realidad o de hacer alegoría desde el género del thriller, sino solo de identificarnos con la confusión de su protagonista femenina. Por eso extraña que exista un segundo personaje con punto de vista independiente –y con su propia subtrama– y, más adelante, algunas escenas aisladas del hijo de Anna acompañado por un misterioso compañero de juegos. Y que, para colmo, cada punto de vista acabe remitiendo a una solución divergente en línea recta hacia el disparate: la enfermedad mental, la capacidad de ver y hablar con los muertos y, por último, la vida desde un supuesto más allá.

Para más confusión, la película se compone de tres historias paralelas: la persecución a que somete a Anna su marido maltratador, la investigación de un crimen en su edificio y el romance con un hombre solitario que intenta ayudarla. Una de ellas –y no diré cuál– es imaginaria, es el fruto de un punto de vista falso, inexistente y tramposo. Otra, la menos desarrollada, mezcla vislumbres de realidad en medio de un entorno distorsionado. Y la última sería auténtica, pero quizá resulte la más inverosímil, pues el cineasta decide enfocar este tejemaneje de espejismos de manera equivalente, sin que la puesta en escena detecte la convivencia de distintos planos, distintas tramas, distintos puntos de vista integrados en la película. Sletaune y su laissez faire rehúyen la responsabilidad sobre un relato en el que nadie impone jerarquía alguna entre sus partes. Babycall carece de narrador, ha desaparecido la conciencia que debería clasificar estos hechos disolutos. El subjetivismo de la protagonista lo explicaría todo, y si no el de los secundarios, o la casualidad entre sus partes o la fantasía como giro desesperado. Y si ninguna respuesta funciona, al menos nadie adivinará su final. Eso es seguro.

Babycall. Director y guionista: Pal Sletaune. Intérpretes: Noomi Rapace, Kristoffer Joner, Vettle Qvenild Werring, Stig R. Amdam. 96 minutos. Noruega, 2011.