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viernes, 21 de diciembre de 2012

Entrevista apócrifa




Leyendo Trilogía de Madrid (1984), la novela “simultánea” de Francisco Umbral sobre su amada y odiada capital, descubrimos el recurso de la entrevista apócrifa, una entrevista falsa que el joven periodista realizaba a figuras de la vida cultural y política española que habían fallecido tiempo atrás. Se trataba de piezas literarias en las que Umbral se inventaba las respuestas del personaje al cincuenta por ciento entre lo que él sabía sobre ellos –que siempre era mucho– y lo que le daba la gana que dijeran, por decirlo en su mismo idioma. Así que David Trueba ha debido de invertir dicho recurso en Madrid 1987 (2011), donde convierte al difunto Umbral en el entrevistado de una jovencita aspirante a periodista a quien él, subterráneamente, pretende llevarse a la cama. A pesar de que porte otro nombre el escritor que interpreta José Sacristán, el guion compone una antología de citas –apócrifas, de nuevo– que no hubieran decepcionado al gran escritor español. A excepción de una, y debo comentarla, cuando declara su  admiración por don Pío Baroja, a quien Umbral despreciaba constantemente en sus textos de crítica literaria.

Madrid 1987 es, por tanto, una obra melliza de La silla de Fernando (2006) como entrevista, aunque póstuma, a un ser admirado hasta la médula por el director David Trueba. Las circunstancias de los protagonistas, encerrados en el baño de un amigo pintor, desnudos el uno ante el otro durante un largo fin de semana, se antoja una anécdota narrativa, de cierto simbolismo, para encapsular a ambos y extraerles su potencial. Podríamos prescindir de ello, del cuarto de baño, sin más dolor, pues solo se trata del ring donde se produce el combate, ya que una entrevista es siempre un combate entre ambos contendientes, y al final de este, cómo no, Umbral derrota a Trueba, Sacristán borra del tablero a Valverde y entre ambos trasladan el film a un terreno declamatorio. 



Umbral/Sacristán no solo vence en el contenido de la entrevista, sino también en la forma, pues impregna la película de una retórica literaria que proviene tanto del artículo –su guion es una suma dramatizada de textos umbralianos– como del teatro –Sacristán, efectivamente, declama, a medias por imitar al escritor y a medias por imitarse a sí mismo–. Vence en la película el escritor, el Trueba escritor por delante del Trueba cineasta que relega la puesta en escena a un segundo término dramático. Desde esa perspectiva, el film es menos una radiografía de la España de los años ochenta como una reflexión sobre el oficio de la literatura, el periodismo, la comunicación o incomunicación del escritor con sus lectores y admiradores. Se escribe por dinero, dice el autor, y no para que te lean. En el fondo, de hecho, nadie te lee de verdad.

Otras frases lapidarias dice, a lo largo del film, el autor de Madrid 1987. Demasiadas ciertamente, porque el personaje de María Valverde apenas sirve como objeto de deseo que vampirice con sus canas, con sus viejas batallas y sus fracasos ese cínico escritor. En la filmografía de Trueba, de la familia Trueba, se ha repetido desde el inicio un mismo patrón femenino: la chica de buena familia con talento artístico –generalmente musical–, poseedora de una belleza clásica y una enorme disposición al amor. La chica burguesa que encandilaba al Antoine Doinel de François Truffaut. La obsesión femenina que también aparece en El artista y la modelo (2012) de su hermano Fernando. Desde entonces, difícil les ha resultado a las mujeres Trueba romper con ese estereotipo fijo en su filmografía, quizás con la excepción de Ariadna Gil en la magnífica Soldados de Salamina (2003). Pero María Valverde, huelga decirlo, no es un caso similar y resulta carne de horca ante la palabrería de un veterano como Pepe Sacristán. 

Aunque también sucede esta desigualdad porque un personaje está esculpido por el pasado mientras el otro es una imaginación de futuro, está en blanco, página virginal por escribir y desencantarse. Aquella generación de 1987, la del PSOE, la OTAN y el crecimiento ilusorio, dista mucho de la decepción, la lucidez y la soledad de los jóvenes actuales, obligados a defender sus derechos contra todo y contra todos. El futuro era todavía vago pero luminoso por entonces, tan distinto a ese futuro secuestrado del que se habla en Cosmópolis (2012) de David Cronenberg. Hoy el futuro es ya una utopía del pasado, así que la charla recogida en Madrid 1987 parte del fracaso de ambos en el mundo actual, de su definitiva irrelevancia histórica.

Se agradece, por último, a David Trueba que sea uno de los pocos directores del cine español que piensa en España, que rueda sobre su política, su historia y su idiosincrasia particular. Pero como ocurre en su nuevo film, el cineasta se niega a perder la ingenuidad que le caracteriza. Al igual que la joven periodista con su célebre entrevistado, este, de tan humilde, acaba por perdonarle, le deja escapar ileso porque su admiración hacia él es mayor que su acritud, su cuerpo crítico, la mala hostia que muestra su apócrifo articulista de periódico con apariencia de lobo y nostalgia de contendientes a su altura.

Madrid 1987. Director y guionista: David Trueba. Intérpretes: José Sacristán, María Valverde, Ramón Fontsere. 100 minutos. España, 2012.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Piezas de museo




Suele citarse el origen del esperpento en los actos funerarios del bohemio Alejandro Sawa, escritor maldito del Madrid de principios de siglo XX que murió “ciego, loco y en la más absoluta miseria” tras una vida abonada a la leyenda. A su piso habrían acudido amigos del autor como Rubén Darío o Ramón María del Valle-Inclán quien, a la vista del cadáver de su colega, empezaría a concebir el personaje de Max Estrella y con él su inmortal obra Luces de bohemia, en la que quiso representar su llanto “por él, por mí y por todos los pobres poetas”.


Un siglo más tarde, y con el fallecimiento en 2008 de Rafael Azcona, el último autor puro del género, parece cerrarse un ciclo histórico y literario, y tampoco ha faltado quien viera en la muerte del guionista la ocasión para abordar el esperpento en un homenaje post mórtem. Se trata de Los muertos no se tocan, nene (José Luis García Sánchez, 2011), un regalo de sus últimos colaboradores y amigos para adaptar la novela inédita de su trilogía de posguerra, a la que pertenecen El pisito (1959) y El cochecito (1961), ambas dirigidas por el italiano Marco Ferreri.

Si bien el esfuerzo es, de primeras, meritorio, el proyecto deja un regusto a memoria histórica tardía y funcionarial; un deseo más ansiado por sus autores que por el ilustre fallecido, que deja tras de sí una obra impecable y extensa durante más de cincuenta años dedicados al cine. Existe tal cantidad de reverencias y temores y recelos a la hora de manipular cinematográficamente su herencia que la película, de resultas, se acaba pervirtiendo en ejercicio autoconsciente muy similar al realizado por Gus Van Sant en la funesta Psicosis (Psycho, 1998): elaborar una copia tan exacta del cine clásico que nos desvele la imposibilidad irrevocable de continuar hoy en día ese cine clásico, definitivamente perdido en los sótanos de la historia del cinematógrafo. En efecto, la película de García Sánchez no olvida la fotografía en blanco y negro, ni el sonido doblado en estudio, ni los diálogos rápidos, de réplica mordaz y abundancia de personajes. Pero falta el ritmo, la velocidad, la mala hostia y la sustancia que convierten a las grandes películas en auténticos seres vivos.


Cuando un objeto pierde el sentido práctico para el que fue concebido, su único destinatario es el museo, como le ocurre a este Los muertos no se tocan, nene, pieza de coleccionista teatrera y con cierto sabor nostálgico que apaga la llama de su furia original. Queriendo construir una continuidad natural con los clásicos del esperpento, la película revierte en torpe réquiem y certificado de defunción para el género más nacional. Anacrónica por naturaleza, produce la sensación de haber perdido una oportunidad de oro para ensalzar al maestro, en su mismo funeral, de cuerpo presente, siguiendo el argumento de la novela y ante la nómina completa de sus grandes personajes. Si Luces de bohemia supondría, a la postre, el nacimiento del género, Los muertos no se tocan, nene se erige así, de forma involuntaria, en su trágica e irrevocable despedida.


Quizás el problema principal radique en la desafortunada elección del director José Luis García Sánchez, que colaborara durante años con el guionista riojano y que ahora sobrevive con proyectos de tercera como la reciente comedia Don Mendo Rock (2010). Quizás, y esto ya es un ejercicio de cine-ficción, hubiera podido convencerse a Álex de la Iglesia, el cineasta que mejor conserva la savia del esperpento gracias, precisamente, a mezclarlo con el cómic, la ciencia-ficción o el estilo circense de Federico Fellini. En un anuncio reciente dirigido por el propio de la Iglesia, numerosos cómicos de la historia de nuestro país se reunían ante la tumba de Gila, otro de los grandes, para rendirle un homenaje tan sencillo como conmovedor. Con algo parecido hubiera bastado.

Los muertos no se tocan, nene. Director: José Luis García Sánchez. Guionistas: David Trueba, Bernardo Sánchez y José Luis García Sánchez, basado en la novela de Rafael Azcona. Intérpretes: Silvia Marsó, Carlos Iglesias, Blanca Romero, Carlos Álvarez-Novoa, Mariola Fuentes. 90 minutos, España, 2011.