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viernes, 12 de octubre de 2012

Preludio a la tragedia




A David Cronenberg nunca le han gustado los límites, las restricciones, las cadenas que coarten su creatividad ni la de sus personajes. Figura recurrente de su cine es el hombre liberado que cruza fronteras biológicas y experimenta, siempre en carne propia, las pesadillas y las distorsiones agazapadas en su recóndito interior. 


De todo eso trata Un método peligroso (A dangerous method, 2011), pero lo hace, en esta ocasión, a través de la represión formal de los encuadres, de impulso escultórico, que parecen aprisionar los bustos de sus protagonistas. Aunque influya de manera inevitable el origen teatral de la pieza –escrita por el británico Christopher Hampton–, el predominio de los diálogos, de su nueva y sorprendente capacidad de observación, anuncian que Cronenberg ha madurado, ha envejecido –tiene ya 69 años– y ha cristalizado en un nuevo estilo sereno y sobrio. Aquellos que esperaban al cineasta de películas como Scanners (1981) se han equivocado por completo de puerta a la que llamar.

Los grandes directores son los que evolucionan a lo largo de su obra, como Ford, como Bergman, Rossellini o como el más moderno Roman Polanski, actualmente en una fase muy similar a la de Cronenberg, acusados ambos de clásicos o acomodados a causa de sus últimas obras. Que el director canadiense haya madurado no significa que sus seguidores lo hayan hecho a la par y así lo prueba la incomprensión causada por Un método peligroso y su aparente clasicismo estético. El giro en su cine podríamos situarlo desde Una historia de violencia (A history of violence, 2005), que supuso ya una sorpresa tras la bisagra estilística que sería Spider (2002), un film enigmático, introspectivo, cuyo estilo acomete desde el interior de la forma las mutaciones del ser humano contemporáneo. Cronenberg ha decidido reforzar el sentido metafórico de sus ficciones y exigir al público toda su concentración para extraer las conclusiones enterradas bajo la superficie.


Yo diría incluso que acceder a los niveles ocultos de Un método peligroso requiere conocer las biografías de sus personajes, Sabina Spielrein, Carl Gustav Jung y Sigmund Freud, creadores y principales teóricos de la teoría del psicoanálisis que permitió acceder a las profundidades del inconsciente humano. De las múltiples sugerencias sobre el tema que nos ofrece Cronenberg, de aquellas grietas de la historia en que se pueden intuir otras historias y otros misterios quizá mayores, prevalece en mi opinión la sutilísima pintura de las dos guerras mundiales, tan oculta que carece de una sola referencia a ellas. A poco que se examine, sin embargo, la película supone un lúcido prólogo a los conflictos bélicos que azotarán Europa y a las consecuencias que marcarán la ruta del fatídico siglo XX. Por ello la película, en consecuencia, termina con los preámbulos inminentes de la Gran Guerra de 1914. 

Carl Gustav Jung, de raza aria, de vida acomodada gracias a los dineros de su esposa, mantuvo una relación como mínimo resignada ante el ascenso del nazismo que predice en la última secuencia. Freud, judío, se vio obligado a emigrar a tierras británicas y Spielrein, también judía, fue asesinada por las SS en Rusia. Ese “riesgo” que corre Jung cuando engaña a su mujer con la paciente rusa ilustra entonces el paso previo hacia la oscuridad por venir. Jung descubre en sí mismo el placer de la dominación totalitaria, correspondido por Spielrein en su ansia de humillaciones físicas. Descubre en sí mismo una pulsión que puede desestabilizar su rol como miembro de la sociedad y, por eso al final derrotado, vencido desde las simas más profundas de su psicología, Jung ejecutará su ruptura con Spielrein, con una parte integral de sí mismo.


Tras la aparente placidez del sanatorio, de las calles civilizadas y los interiores lujosos por los que pasean los personajes, Un método peligroso palpita repleta de intuiciones y vislumbres del auténtico horror que surgirá de las profundidades de Europa. La estricta corrección analítica de la puesta en escena colabora en beneficio de aquellos aspectos realmente perturbadores del drama, siempre fluyendo en silencio, en sombra y por debajo de las apariencias. Cronenberg no trata de abarcar en ella un desarrollo histórico a posteriori, sino solo apuntar el resquicio por el que pudo empezar la tragedia.

A dangerous method. Director: David Cronenberg. Guionista: David Cronenberg, basado en la obra de Christopher Hampton. Intérpretes: Michael Fassbender, Keira Knightley, Viggo Mortensen, Vincent Cassel. 93 minutos. Canadá/Reino Unido/Alemania/Suiza, 2011. 

martes, 2 de octubre de 2012

Seriales del espacio exterior


Hablemos ahora de la segunda obra que ha centralizado los círculos de la polémica durante el pasado verano cinematográfico. Hablemos, pues, del Prometheus (2012) de Ridley Scott estrenado con calculada distancia de El caballero oscuro: la leyenda renace (The Dark Knight rises, 2012) de Christopher Nolan: dos buques insignia de la industria norteamericana que han logrado reconciliar a crítica y público –lo que ya es difícil– en la baja calidad de sus respectivos guiones. A partir de ahí lo demás ha sido controversia, disparidad de opiniones incapaces de lograr un consenso crítico entre aquellos embarcados en salvarlas y aquellos dispuestos a defenestrarlas con auténtica saña. Transcurridas desde entonces algunas semanas, ¿podríamos extraer alguna conclusión parcial? Pues desde mi punto de vista, que la mera existencia de la trifulca demostraría sin más dilación el fracaso de ambas, sobre todo a la vista de sus tremendas ambiciones.

Para narrar el origen de la criatura protagonista de Alien, el octavo pasajero (1979), Ridley Scott y el guionista Damon Lindelof han tenido que recurrir a una historia sobre el encuentro con el creador de la raza humana mediante señales enterradas en las civilizaciones primitivas: dibujos de un remoto sistema planetario donde puede habitar la respuesta a todas las preguntas o el nido de todos los horrores intuidos en la fértil imaginación de Joseph Conrad. Y por el momento, se adelanta la segunda posibilidad, pero dicho con precaución, ya que Prometheus se niega a cerrar su relato. En su lucha contra la piratería y las nuevas series televisivas, Hollywood no solo ha rescatado la técnica del 3d para amenizar las salas, sino también el serial cinematográfico de su edad dorada.


Hasta que Lindelof y Scott terminen su trabajo, será necesario retrasar conclusiones precipitadas, pues aparte de su estructura seriada, aún faltarían por ver quince minutos de metraje reservados al mercado del DVD, el famoso montaje del director que Scott ha convertido en tradición y enseña personal de su estilo. Si sumamos entonces las malas artes del cineasta británico a la chistera inagotable de trucos de su polémico socio, Prometheus debe más a la serie Perdidos (Lost, 2004-2010) que al modelo de Alien, el octavo pasajero. Al menos, utiliza todos los recursos exhibidos por este para extender en el tiempo una historia muy básica, a saber: personajes interrumpidos en el instante de confesarse, subtramas irrelevantes, preguntas equivocadas, intérpretes trampa -en este caso el anciano Weyland-, cuentas atrás que aceleran los hechos… en fin.

La película responde a un par de cuestiones heredadas de la narración original pero también inaugura un surtido de interrogantes que serían explicados a lo largo de la trilogía; cuestiones fundamentales para comprender su sentido final. Ha desarrollado Lindelof –y además con éxito– una desconcertante teoría según la cual los espectadores deben rogar las respuestas para comprender el proyecto en vez de lo contrario, máxime cuando es él quien debería explicar las máquinas curativas solo para hombres, los bruscos cambios de humor de los personajes, los geólogos que se pierden en su propio mapa o los biólogos que examinan un ente desconocido como turistas en un zoo, entre otras muchas cosas.


Esperemos, por tanto, a la resolución del misterio, pero con la aventuranza probable sobre el futuro de la saga. Apostemos desde hoy a que no faltarán dos fuerzas que representen el bien y el mal, la creación y la destrucción en el origen del universo. En el cine americano, el envoltorio tecnológico del producto nunca ha sido óbice para contradecir las teorías científicas de pleno consenso. Ocurre nada más empezar, con el bello prólogo que nos remite al mito prometeico pero también a una visión creacionista del origen de la humanidad que –espero y confío– se deba a su ignorancia en temas de ADN, como corrobora más adelante otra vergonzosa secuencia científica. 

Porque razones para desconfiar las hay en abundancia. Dejando al margen la pintura del Alien crucificado –que podría considerarse un homenaje a su creador–, resulta como mínimo preocupante la descripción de los dos científicos. Cuando los tripulantes de la nave le preguntan a la chica cuáles son sus pruebas para aguardar un encuentro trascendente, ella responde con un austero “porque yo elijo creer”. El personaje que encarnaría -supuestamente- la razón dentro de la nave exhibe también una fe irracional (¡!) en la religión cristiana. A pesar del horror que ha presenciado en su primera aventura, la chica se despide con la cruz católica al cuello y la esperanza en el aire de hallar un sentido satisfactorio a su existencia en el universo. 


Habrá, como ella, quien elija creer y confiar en esta nueva saga de Prometheus y en el talento de sus creadores. Aunque el de Ridley Scott ya es solo asunto de fe, pues cualquier comparación con la primera Alien, el octavo pasajero se dirime absolutamente en su contra. El trabajo de puesta en escena demuestra un talento evidente para la composición formal, pero también una enorme frialdad que entorpece la creación de la atmósfera. Los constantes y buscados paralelismos con el original –conversaciones laborales, personajes análogos, la inoculación del monstruo, el androide, su primer epílogo– sirven nada más que para subrayar su apuesta fallida. En el fondo todos queremos creer, pero a veces necesitamos pruebas.

Prometheus. Director: Ridley Scott. Guionistas: Damon Lindelof y John Spaihts. Intérpretes: Noomi Rapace, Michael Fassbender, Charlize Theron, Idris Elba, Guy Pearce. 123 minutos. Estados Unidos, 2012.